Hace ya muchos años, André Bazin distinguió en el cine dos tipos de realizadores; por un lado, los que creían en la imagen, y por otro, los que creían en la realidad. Esta interesare distinción es precisamente lo que, en mi opinión, diferencia el primer film de Isaki Lacuesta, "Cravan vs. Cravan", de su reciente "La leyenda del tiempo". En este último film ha habido un cambio de posición, Isaki ha renunciado a una figura como Cravan, que no existe sino como imagen; y ha decidido sumergirse de lleno en ese lugar tan específico y primigenio del cine, como es la captación de la realidad.
"La leyenda del tiempo" ya no es un ensayo (como lo fue Cravan), sino una exploración. Aquí Isaki se acerca a Rouch, pero no pierde de vista a Flaherty ni a Guerín. Al igual que ellos toma el cine para mostrar lo que no se puede ver, utilizando la cámara como un científico su microscopio, es decir, para hacer visible lo invisible. Isaki busca algo que está en la realidad, pero que exige una gran destreza para ser captado. Ese "algo" se escapa constantemente; porque está en un gesto, en una mirada, en un parpadeo. Isaki nos muestra esa incapacidad, ese intento incansable de capturar en la imagen, una y otra vez, momentos irrepetibles, fugaces, que se desvanecen en apenas unos segundos. Todo el que haya visto la película recordará el momento de los dos "personajes", Israel y Saray, sentados en el muelle frente a unas marismas. Saray enseña a Israel a hacer corazones con el humo del tabaco, mientras hablan de los suspensos que han tenido. Hay un instante en que se hace el silencio entre los dos, la cámara se detiene en el rostro de Saray mientras se sonríe. Es en esta secuencia donde mejor quedan reflejados esos momentos en los que los "personajes" nos regalan una parte de ellos, de su realidad, de su sentimiento, de su vida.
Y es que "La leyenda del tiempo" es sobre todo un film de rostros, de retratos, los de Israel, Cheíto, Saray, Makiko, Soichi, que expresan la cotidianidad del instante, del momento, del tiempo; y, ¿qué es el cine sino tiempo que se desvanece y deviene en leyenda?.
Félix García de Villegas Rey
En una película como ésta –y después de haber escuchado en alguna ocasión a Lacuesta- parece que lo importante es decidir dónde se encuentra la verdad, es decir, qué compone su plataforma y qué es lo espontáneamente sincero. Hay secuencias que, más claramente que otras, asumen el rol de eslabones más artificiosos que sostienen aquéllos de mayor calado. Pero ahí, cuando se acerca la sustancia, ¿qué parte de ello la compone? ¿Qué elementos de preparación se mantienen?
Puede entenderse que se propone, de alguna forma, un juego. Es cierto que, no como en otras ocasiones, no se produce una sensación de desconfianza que pueda hacer dudar de la fidelidad del conjunto pero, ahora bien, sí que puede temerse por la verdad de cada momento concreto, o más bien por la posibilidad de distinguirla. La cuestión es: ¿hay una situación de igualdad (o podría razonablemente alcanzarse) para los contendientes? En tanto, ¿es justo este juego? ¿Puede el espectador sentirse seguro o debe irremediablemente y siempre sospechar?
En la ficción cada vez más habitualmente se entra en esta indefinición, pero el punto de partida es un acuerdo en torno al engaño, su aceptación. Desde esa postura, una escapada se acoge más bien como una sorpresa (en sentido positivo); no se engaña, se asombra incluso: me dan más de lo que pedí, puedo pensar, o: salgo ganado. A la inversa, y especialmente en historias tan conducidas, el riesgo está ahí, y debo confesar que en éstas me incomoda tanto la evidencia del corsé como su disimulo.
Jorge Oter
Si hay una imagen en esta película que encierra la clave desde donde poder abordarla es sin duda la de las nubes finales, hechas de esa "misma materia de la que están hechos los sueños".
Ésa es posiblemente también la misma materia que constituye las llamadas “identidades”: extremadamente volátiles, los constructos tanto individuales como colectivos con los que nos gusta sentirnos identificados se hacen, rehacen y deshacen en la película de Lacuesta uno tras otro como las propias nubes con las que ésta se clausura. Y así, las etiquetas de "gitano", "payo", "mujer", "hombre", "japonés", "español", "chino", "joven", "viejo", "hijo", "padre" o "hermano" se van diluyendo y transformando unas en otras, de forma sucesiva, en tanto la sombra de la muerte (del omnipresente Camarón y del padre de Isra al comienzo, del padre de Makiko después) atraviesa la película de cabo a rabo como única certeza absoluta.
Igual que en ese cambio de plano del comienzo la nieve japonesa se transforma en una montaña de sal gaditana, todas las realidades de La leyenda del tiempo se nos muestran en un continuo e imparable devenir: como igual sucede con la propia naturaleza inasible del cinematógrafo.
Gabriel Villota Toyos