A Sonia y Davinia, mis dos soles.
¿Por dónde empezar? Es difícil. Es difícil y suena a tópico, lo sé. Sin embargo es sencillo, bastante fácil. Complicado y sencillo a la vez, como el ejercicio que le propone Él a Ella en el jardín de Edén. Se trata de ir de aquí a allí, pero tienes que pisar la hierba. La hierba, eso es, la hierba.
Ahora respira, tranquilo no pasa nada, ya estás muerto ¿lo ves? Mira que te lo tengo dicho. Pero no llores, no me hagas esto. Fóllame, fóllame hasta que te atranques. No es pecado, sabes. Me lo dicen tus ojos ¿resistirán?
La luz negra atraviesa el espejo. La inmovilidad se resiste a entrar, tengo miedo ¡qué belleza! Todo está tan mojado, las bisagras no funcionan.
Dolor, tristeza, desesperanza, los tres mendigos. Son los cuatro capítulos que articulan la última y más personal (si es que este adjetivo tiene algún sentido para calificar su obra) película del danés Lars Von Trier, que a su vez está flanqueada por un prólogo y un epílogo de una fuerza visual de dimensiones telúricas.
Dos personajes, Él (Willem Dafoe) y Ella (Charlotte Gainsbourg) ponen voz, rostro y sobre todo cuerpo a un relato que bascula entre el duelo y la expiación, entre el amor y el dolor, entre eros y thanatos. Una historia que recurre a un discurso psicoanalista e ideológico que corre el riesgo de caer en la nadería o, peor aún, en las redes de la autocomplacencia y la obsolescencia como le ocurrió a Julio Médem con "Caótica Ana".
Pero esto es lo de menos.
Con lo que quizás será recordada esta película será por la "aparición" de una serie de imágenes que actúan como electroshock para nuestra catatónica y entumecida mirada.
Recordemos, por ejemplo, un tijeretazo, una eyaculación roja y una piedra de afilar. Imágenes que como el navajazo buñuelesco provocan el vaciamiento del excedente y el sarro de nuestros ojos, produciendo un adelgazamiento de nuestro régimen visual, una auténtica purificación escópica.
Por eso nos perturban estas imágenes (pese a todo), porque nos purgan la mirada y eso, a menudo, es doloroso.
Aprovechando el estreno de esta película, se ha sacado a colación el tema de la transgresión. Una transgresión que, en ocasiones, de forzada y reiterativa desactiva su capacidad política y se torna banal. De sobra es conocido que el orden establecido y la transgresión se necesitan para existir.
Ahora bien, la verdadera batalla política de estas imágenes-enigma de las que se sirve Lars, estriba en su capacidad para comunicar, un tener "algo que decir". En rebelarse como asíntotas que interrumpan el flujo bulímico y aséptico de consumo de imágenes.
Sin embargo, no es fácil hacerse oír en medio del jaleo de la iconosfera contemporánea. La duda que me embarga es por qué ante estas imágenes nos revolvemos de nuestros asientos e incluso apartamos la mirada, a pesar de que este tipo de imágenes de torturas, ablación, decapitaciones, etc. (ficticias o reales, es lo de menos) se ven y están a disposición continuamente en televisión, internet u otros canales.
¿No habíamos llegado ya al colapso escópico o es que existe algún resquicio en la mirada para la inocencia? Puede que parte de la respuesta se encuentre en la recepción de esas imágenes por parte de nosotros, espectadores/consumidores de ellas. Dependiendo de en qué ventanas o pantallas veamos esas imágenes, reaccionamos con más atención o indiferencia, pero esto es otro tema.
Por otro lado, Anticristo es una película (perdón por la perogrullada) y por tanto una escritura hecha a base de imágenes y sonidos. Y, en esa escritura, Lars Von Trier confirma lo que es, un virtuoso; algo que no es necesario descubrir pero sí recordar.
Destacar, sobre todo, la correspondencia que se produce entre el estado mental de Ella y las imágenes maleables de esa naturaleza siniestra y epifánica. Imágenes que se derriten y se hacen blandas como las composiciones dalinianas.
Así como, también, el uso del sonido (ese gran olvidado) como elemento discursivo de primer orden.
¿Qué estás haciendo? Nada es suficiente, siempre es todavía. Ojos abatidos. Mientras tanto… reina el caos.