Stephane Gauger debuta como director en el universo cinematográfico con la obra Owl and the sparrow, que será traducida por su distribuidora en España como Cinco días en Saigón. Escapa así de las referencias simbólicas que en su título original incluía gracias a la analogía entre la figura de los protagonistas y el comportamiento de las dos aves: el búho y el gorrión. Estamos ante un realizador de origen vietnamita y frente a una obra filmada íntegramente en Saigón, aunque con una estructuración tanto en formato como en narración más acorde al Mainstream norteamericano que a los conocidos cines periféricos.
No debemos olvidar que hace tiempo los intereses mercantiles rompieron múltiples barreras arrastrando con ello gran parte de significaciones y atribuciones tanto culturales como de identidad, antes todas ellas asociadas a pueblos y naciones. Es por eso que el cine dejó de ser local o nacional para convertirse en un gran fenómeno si no de interés, sí de influencia internacional. Todo esto por supuesto dentro de la llamada glocalización donde autores como Ramonet recuerdan desde la melancolía un tiempo en que aún existía lo local, lo nacional y lo internacional. Ahora, en cambio, nos enfrentamos a una época glocalizada donde no se puede ser local sin ser a la misma vez nacional e internacional.
En esta corriente podríamos incluir esta obra para la que se ha seleccionado un director vietnamita pero con formación y vida en los Estados Unidos acompañado de una más simbólica que significativa filmación en Saigón. Por supuesto, todo está producido y financiado por empresas norteamericanas y está presente no sólo en la amabilidad del relato sino en la construcción misma de una trama más propia del melodrama clásico del sistema de estudios que del cine autorial. Sin duda, se trata de una corriente muy actual aunque no del todo novedosa, ya que en los últimos meses hemos podido a asistir al éxito internacional de Danny Boyle con su americanada en la India. De esto no se aleja demasiado Gauger con su propuesta, aunque, visto desde una perspectiva mercantilista, la podemos encuadrar como su hermana pobre por el sistema comparativo de premios entre una y otra obra.
La obra gira alrededor de tres personajes: una niña que trabaja en una fábrica de bambú, donde aguanta el maltrato de su tío; una azafata de vuelo acostumbrada a la soledad de Saigón como ciudad de paso en su trabajo; y un cuidador de animales en un zoológico que encuentra en ellos los perfectos confidentes a sus inquietudes amorosas. Tres personajes desconocidos entre sí que tropezarán gracias a la madurez de una niña de diez años que, tras escapar de su malvado e interesado tío, recibe la ayuda de todo aquél que la encuentra. No es sino un planteamiento tan pobre como inverosímil que conduce a los tres protagonistas a formarse como una familia feliz que no puede conducir hacia otra parte que no sea el tan ansiado happy ending, al cual nos tiene acostumbrados desde sus inicios el Mainstream americano.
Tal y como ocurrió con su homóloga glocalizada en la India Slumdog Millionaire (2008, Danny Boyle), aquí presenciamos algo parecido a la necesidad de mostrar las señas de identidad del cine de Bollywood que obliga a la inclusión de un innecesario, irrelevante e incluso grotesco número musical en los créditos finales de una película perfectamente realizable en cualquier otro país del mundo. Como ejemplo de la necesidad de lo internacional para que lo local y lo nacional adquiera sentido. En el caso de Owl and the sparrow se opta por una variación de videoclip en el que se muestran distintas imágenes de pobreza desde familias a niños solos en un último y forzado intento por empatizar melodramáticamente con el espectador.
Estamos, por lo tanto, ante un pretencioso pero fallido intento por acercar un poco más Vietnam a occidente. Debemos agradecer que por una vez se abandone el cine bélico y se intente mostrar un cine más social, aunque una vez vista la película nos quedemos con la impresión de que sólo ha sido un conato cargado de superficialidad donde lo inverosímil de los personajes sólo puede responder a una fría planificación más cercana al encefalograma plano que al trabajo de guión con ellos.
Acompañado todo de una música extradiegética que no sóolo hace justo honor a su apelativo al estar fuera de la película durante todo el tiempo, sino que en momentos de repetición monótona puede conseguir sacar al más afortunado de los espectadores si es que alguno consiguió entrar en ella. Esto confirma la relevancia de seleccionar a un determinado compositor que a pesar de su mediocridad sigue sin ser lo más flojo de la obra, dejando este discutible privilegio a la argumentación narrativa de toda la película, más que previsible y resuelta antes del ecuador de la cinta.
Si en un ejercicio de total inconciencia conseguimos evadirnos de la tópica y floja narrativa, de la falta de idoneidad de la selección musical o de la simplificación de los personajes, podemos llegar a ver unas imágenes interesantes desde un prisma sociológico de las calles de Saigón, de una ciudad acelerada, repleta de no lugares en los que Marc Augé podría hablarnos mucho sobre perdida de la identidad y que nos ayudaría a entender cómo una película americana se puede hacer por vietnamitas y en Vietnam.